lunes, 29 de septiembre de 2008

Otoño

No es cierto que la llegada de las estaciones se corresponda con algún calendario oficial. Sé que hace días que el otoño ronda por aquí. Lo noto en la temperatura de las mañanas, mientras espero el autobús, y en cómo la noche se va comiendo poco a poco las horas, los minutos. Pero el otoño no empezó hasta ayer, 28 de septiembre, cuando me asomé a la puerta para ver cómo las gotas iban mojando la tierra del jardín.


Así me quedé un buen rato. Escuchando y observando la lluvia. Recordando cómo es el agua del mar cuando hace frío. Pensando en Paul Newman, en el fondo de sus ojos azules y en la ira desbordada que se sujeta en el alcohol y en una muleta. Acabo de colocar su foto en la nevera, junto a la de Ángel González que provocó que el invierno pasado fuese todavía más gélido y un artículo de Lobo Antunes con el que hace años llegó la primavera en diciembre.

Me asomo a la puerta y el otoño se cuela por todas partes. Entre mis piernas y en el lomo del gato que no es tan impermeable como quisiera. Entra con tal intensidad que me agarro al piano, a ver si es verdad que todo renace con el viento y esta colección de horas muertas.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Bookcrossing libre

Los libros necesitan respirar. Por eso, suelen viajar conmigo pero, a veces, emprenden el camino solos. Hoy me he despedido de 'Un grito de amor desde el centro del mundo' de Kyochi Katayama en la parada del 4. Y es que los libros también necesitan que los cuiden y los mimen. ¡Buen viaje!

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Polska


Han pasado siete días y sólo entonces soy capaz de balbucear un simple gracias. Dziekuje. La sonoridad de la palabra se queda colgando en la memoria porque la revisora del tren Varsovia-Cracovia lo ha repetido siete veces, tantas como pasajeros; igual que el tak, tak, tak de una conversación telefónica o el na zdrowie que Chema me enseñó antes de partir. Pero nie. No entiendo nada de lo que se dice y así es difícil llegar a conocer algo en profundidad, traspasar la frontera del objetivo fotográfico.

Viajar, así, se reduce a impresiones (Varsovia huele a chocolate un sábado por la mañana), a vivencias compartidas (los madrugones, la risa en un cementerio de Kazimiers, el miedo en otro de madera, buscar al enano), decenas de imágenes. Así, las conclusiones son rápidas (Polonia codiciada, dividida, entregada) y surgen gran cantidad de preguntas (¿porqué la iglesia tiene tanto peso?).

Pero no importa. No me voy a mudar y algo sí he aprendido. Que Polonia tiene siete países vecinos y delimita con Eslovaquia por los Tatras. Que su nombre viene de polanos, “gente del campo”, y que a lo largo de su historia, ha sido un pastel a repartir con lituanos, rusos, prusianos, austriacos, alemanes, monarcas, comunistas, estadistas europeos y empresas. He aprendido que existió Katyn, un eje y un pacto; que la segunda universidad europea –la de Cracovia- nació por celos, que allí estudió Copérnico, el que “paró el Sol y movió la tierra” y que en su museo conservan el primer globo terráqueo en el que aparece todo el continente americano, cuando en las Antillas había una isla llamada Isabella y América del Norte colindaba con Madagascar.


Algo siempre se queda pegado a la piel, ya sea el corazón de Chopin conservado en alcohol, el sabor de los caramelos mamba o la mítica puntualidad de los transportes del Este, aunque sean viejos y estén oxidados. Impresiona el modo que tienen de relacionarse un coche y un peatón, cómo el gueto de Varsovia se está transformando en un barrio financiero, percibir el contraste generacional y la ausencia de clases. Impresiona tanta gente en las iglesias, tantas iglesias; deambular por los callejones de Cracovia, entrar en cada uno de ellos como si abrieras un regalo… ¿con qué me vas a sorprender ahora?; descubrir un barrio dentro de una plaza en Wroclaw, como si se tratase de muñecas rusas.

No importa porque, aunque no puedas comunicarte del todo bien, a veces en tu propia lengua tampoco eres capaz y hay algo común en el modo de entender la naturaleza, la belleza, el dolor. Si ves a una anciana mochilera en Zakopane, subiendo el Dolina Bialego con más entereza y fuelle que tú, no necesitas más palabras. Las esculturas humanas de Magdalena Abakanowicz, los fotomontajes de Janina Zemojtel, el encanto de las galerías en Wroclaw o nuestro café de pupitres en Cracovia tampoco precisan grandes explicaciones. Y un agujero de bala es un agujero de bala aquí y en Singapur. En un muro y en una cabeza.


No me engaño. Viajar así es aproximarse. Crees que descubres algo ajeno cuando, en realidad, estás mirando desde dentro. Juegas a escapar de lo cotidiano y eso sí se ha quedado grabado en la piel y en los músculos de la espalda. Construyes escenas de la vida polaca en plazoletas, mirando los rostros de los que pasan en tranvía y en el mercado. Captas formas, fondos, observas, te dejas ir y las preguntas que se formulan ya las irás contestando. Sin prisa.

martes, 23 de septiembre de 2008

Ficciones

Es un final común. No volvimos a vernos. Un final que se sigue construyendo día a día, estación a estación, cada vez que el tiempo pasa, se consume y confirma que no hay nuevas huellas tuyas en la calles de Cracovia.


Hoy pregunté por ti en el café. Ni rastro de Witold. Las sillas y los ceniceros, vacíos. Las velas apagadas. Tan sólo las luces de la mañana que lo invaden todo, que tejen tu sombra y la mía en este cuaderno azul, en esta historia con un final demasiado común que no termina.

martes, 2 de septiembre de 2008

Bienvenido septiembre, supongo

Bien mirado, nos hemos reído mucho. Hemos bailado, hemos destrozado algunas canciones en todo tipo de karaokes y vamos a solicitar el ingreso colectivo en la clínica. Hemos estado cerca. Cerca los unos de los otros, cerca de reventar, de ceder, aunque también cerca del cielo.

Veo ahora tus fotos, hermanito, y me parece que ha pasado un siglo desde que dijiste: "si me dais esta oportunidad"... Las raíces que explicaban eso llegaron después, en noches de confidencias y desahogos pero hoy ya sé que nadie podrá robarte la confianza. Ni los pasos.

Veo ahora las fotos de este no-verano, el segundo. Una conversación mientras esperamos que llegue el descanso de la orquesta, creyendo que hemos localizado a nuestras 'estrellas'. El streptease de boda que no tendré. Los ojos hinchados después de haber soltado todo el veneno. Un fado que es tango. Subirse donde no corresponde. Veo abrazos y expresiones de euforia.


Veo, incluso, lo que no se ha fotografiado. Quien siempre dice sí y se dispone, algunas conversaciones-clarividencia, regalos inesperados. La sombra de Roberto Traferri dibujada entre el escenario y el vomitorio, cómo Charo Feria explica una lección magistral de Terzopoulos, que Chema me pregunte por 'Los persas' cuando todavía no ha dejado de grabar. Un abrazo de César delante de la fotocopiadora, el predictor de Carolina, las veces que Javier se ha caído y todo lo que me ha hecho reír. Todo lo que me ha cuidado. Las revoluciones pendientes de Cefe, los intercambios musicales con Chesku y la francesa pelirroja de tez blanca que tardó pero tuvo su momento.

Ha sido el segundo y no ha sido genial. No, al contrario. Ha sido duro. Mucho. Como todo lo que pierde la ingenuidad y obliga a estirar el cuello para que el agua no acabe asfixiándote. "Verás cosas que no querrás ver", predijeron. Las he visto. Pero, aún así... nos hemos reído mucho, nos hemos desgañitado (avalanchaaaaaaaa) y ha vuelto a ser un auténtico privilegio.

Un privilegio que Cris me regale una piedra del Guadiana de esas que desafinan, que alguien me acaricie desde el antebrazo y hasta la falange en señal de agradecimiento por la comprensión, que Juan Muñoz venga a la mente como referencia. Observar a Lavelli y Dominique en pleno proceso de creación, al Antonio Arias flipado con los York y al Morente, con el maestro Monleón. Que G. lo entienda así y quiera compartilo conmigo.

Otra vez... un privilegio ver crecer aquello que otros se permiten el lujo de juzgar sin más que ese momento preciso.

Foto: cflópez / festival de mérida

jueves, 21 de agosto de 2008

Duda razonable


Gira, flamenquita, gira. Que la noche se dibuja como un cuadro por pintar. Que cada palmada diluye todas las miserias humanas, incluidas las propias, y vuelve líquida la magia de estar aquí, a estas horas, sintiendo las ganas de bailar. De ser aire. La pura alegría del momento, de notar cómo se hace evidente el cariño, de mimar el privilegio.

La noche es oscura. La noche es azul. La noche es un experimento, una lección práctica de fotografía, un fado transformado en tango. Torpe, como el movimiento de manos del sur. De dentro, como la risa, como las escapadas, algunas confidencias.

La noche se transforma en un escalón en el que apoyar los pies. No hay vértigo. La atracción no es hacia la arena. Es hacia la luna entre los cipreses, las nubes que se van solidificando, el respeto ante algo que es colectivo, grande y hermoso. Más que tú y que yo y que el resto. Más que el tiempo.

La noche gira y la simple emoción de sabernos aquí, a estas horas, la caducidad de este instante eterno, las ganas de bailar me recuerdan que sí. Que esto no se repite. Que sí. Que es inolvidable y mágico. Que nos merecemos, como mínimo, una duda razonable.

Foto: Cefe López

viernes, 15 de agosto de 2008

Variación sobre un mismo tema


Suspendidos en el aire, como si fuésemos acróbatas de circo.
Suspendidos en el tiempo, como si el resto de lo que sucede en el mundo ni existiese ni importe.
Hay que esforzarse por comer, por parar cinco minutos, por hablar de otros temas, por pensar en otros planes.
Suspendido mi verano, la energía se regenera con una conversación revolucionaria sobre los bancos, la familia; con un cumpleaños, cantar a voz en grito hasta que llega la del coro y me despierta. Hasta que abres los ojos y es el día siguiente. Y ya no hay noches de piedra y polvo ni columpio. Tan sólo el día siguiente y los posos.

Foto: Cefe López / Festival de Mérida