viernes, 30 de noviembre de 2007

Fahrenheit 451



- (...) Ella no quería saber cómo se hacía algo, sino porqué. Esto puede resultar embarazoso. Se pregunta el porqué de una serie de cosas y se termina sintiéndose muy desdichado. Lo mejor que podía pasarle a la pobre chica era morirse.

- Sí, morirse.

- Afortunadamente, los casos extremos como ella no aparecen a menudo. Sabemos cómo eliminarlos en embrión. No se puede construir una casa sin clavos en la madera. Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno. O, mejor aún, no le des ninguno. Haz que olvide que existe una cosa llamada guerra. Si el Gobierno es poco eficiente, excesivamente intelectual o aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la gente se preocupe por ello. Tranquilidad, Montag. Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales del Estado, o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos "hechos" que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía. Cualquier hombre que pueda desmontar un mural de televisión y volver a armarlo luego, y, en la actualidad, la mayoría de los hombres pueden hacerlo, es más feliz que cualquier otro que trata de medir, calibrar y sopesar el Universo, que no puede ser medido ni sopesado sin que un hombre se sienta bestial y solitario. Lo sé, lo he intentado. ¡Al diablo con ello! Así pues, adelante con los clubs, las fiestas, los acróbatas y los prestidigitadores, los coches a reacción, las bicicletas helicópteros, el sexo y las drogas, más de todo lo que esté relacionado con reflejos automáticos. Si el drama es malo, si la película no dice nada, si la comedia carece de sentido, dame una inyección de teramina. Me parecerá que reacciono con la obra, cuando sólo se trata de una reacción táctil a las vibraciones. Pero no me importa. Prefiero un entretenimiento completo. (...)


Ver las cosas consumidas,
ver los objetos cambiados,
sobre su serpiente,
escupiendo petróleo
venenoso sobre el mundo.

En sus manos
la sinfonía de las llamas.
En sus manos
vive y habla el fuego.

Era estupendo quemar,
ver los objetos cambiar.
Era estupendo quemar,
verlos cambiar,
verlos volar.

Fahrenheit 451,
temperatura de creación,
no sólo el papel arde.

En sus manos
la sinfonía de las llamas.
En sus manos
vive y habla el fuego.

Era estupendo quemar,
ver los objetos cambiar.
Era estupendo quemar,
verlos cambiar,
verlos volar.

Fuego vivo,
fuego vivo,
fuego vivo,
fuego vivo...


Texto: Ray Bradbury
Foto: Juan Camilo Rincón - Flickr
Música: Lagartija Nick

jueves, 29 de noviembre de 2007

Noviembre


Ha llegado el frío en noviembre y me ha pillado sentada en el suelo, leyendo frente al piano y las velas, o acurrucada en un sofá demasiado grande para nosotros dos. Recupero la bolsa de agua caliente en la cama, la mano derecha en la barriga del gato, la voz de Cesaria Évora o el flamenco de la Buika y la Negra.

Es noviembre. Otra vez. Van 32 y algunas nociones de cuidados básicos. Navidad sólo hay una y el resto de los días se olvidan. Ni las devastaciones ni las alegrías se parecen entre ellas y las sorpresas están en la página del periódico que no leíste. Noviembre me sorprende cuidando de mí misma, aprendiendo a hacerlo con calma, dejando que se sucedan la euforia y la tristeza, sin pretender disfrazarlas, igual que se suceden el rocío de las mañanas y el sol de mediodía.

Subo, bajo, pero no me tiemblan las rodillas, callo, decido. Me pierdo, vuelvo, me desoriento, desentierro una raíz del jardín y la veo tal como es, transplantable.

Ha sido un mes de lunas rojas desde un autobús, de frases de película y símbolos. "¿Cuál es la diferencia entre signo y símbolo?". Ha sido un mes de guantes blancos para un tiempo de sangre y de autogestión. Surgen perfiles, conceptos transversales. Buceo en archivos, bibliotecas, museos y vuelve a palpitar aquella oportunidad, la republicana. La veo desde un teatro, construido por los romanos o improvisado en la plaza de un pueblo. Veo el rostro de esa mujer en sueños, las gafas del Cipri, lo que ha quedado después. Veo noviembre desde la carretera, en blanco y negro, impreso. Un noviembre que germina.

Foto: DiegoBe - Flickr

martes, 20 de noviembre de 2007

Val del Omar



El cielo está a los pies


El cielo está a los pies, corazón mío

en soledad sonora sumergido

en cero gravedad, firme firmamento.


Amor divinamente eléctrico,

amor enciende amor por tientos

de puntillas y en silencio,

glorieta, cúpula, cópula.


Para sentirse libre de la náusea, el hombre necesita una tensión,

una pasión, una mística.


Frente a la sociedad encuadrada, la sociedad animada

Entre infrarrojos y ultravioletas, voz de sombra.


El mito contiene el sueño profundo.



Texto y foto: José Val del Omar (Granada, 1904 - Madrid, 1982)

lunes, 19 de noviembre de 2007

19 de septiembre



Nunca se acaba de decir adiós a un muerto.

Puedes intentarlo con todo tipo de rituales, de vestimentas, misas de domingo, pastillas, el balbuceo de un bebé.

Puedes ordenarle a tu cuerpo que siga. Lo hará. Dos menstruaciones. Desbrozar el jardín, comprar un ejemplar de La Vanguardia del 26 de agosto de 1949 por internet y con tarjeta de crédito, programar las vacaciones que no tuviste.

Puedes seguir el día a día, cambiar de música, sentir ternura, dar cuerpo al inspector Kurt Wallander y ponerle nombre a los margaritos: Reiko y Naoko. Puedes llenar los días y sosegar las noches. Correr, reír, leer, follar. Emborracharte un lunes por la tarde con gin tonic, colocar los libros por categorías y por orden alfabético, dejar que otras voces diserten en tu cabeza sobre teatro y segunda república, recordar, aplazar, engordar, tener en tus manos un billete de 500, montar un mueble del ikea y conectar el ordenador.

Sí. Puedes seguir, puedes vivir, puedes sentir pero nunca acabarás de decir adiós a un muerto.

Foto: Daften

jueves, 15 de noviembre de 2007

La casa habitada



Me parecería de lo más normal que, en cualquier momento, aparecieras en las escaleras, riéndote porque no esperaba a nadie y me has asustado. O que te asomaras por la puerta de la cocina, mientras estoy tendiendo la ropa en el patio.

A veces, hasta me extraña no oír cómo me gritas desde abajo que hace frío, que encienda de una vez la calefacción. Me pregunto porqué no te acercas al jardín para decirme que no estaría mal que, en vez de margaritas amarillas, plantásemos árboles frutales.

Vivo sola pero, a veces, tengo la impresión que mi casa está habitada.

“Los espíritus no son fantasmas”, he leído en ‘La leona blanca’ de Heinning Mankell.

'No. No lo son', me susurras antes de dormir.

Foto: Metamorfosis

miércoles, 31 de octubre de 2007

Mudanza

Vidas, mundos, universos paralelos. Quizás en otra existencia los rostros podrían reconocerse, parecíamos jóvenes y felices (feliz en tránsito). Podríamos tararear las mismas canciones o encender de nuevo las velas, la de canela o las de la grafia china. Objetos-símbolo. Objetos-experiencia. Objetos-ciudades. Pero el paso del tiempo ha ido dejando sobre ellos tan sólo polvo. Polvo acumulado por el desuso, por el simple ejercicio de seguir caminando, darle una vuelta más al reloj de arena, otra vida, otros mundos.

La memoria es frágil, por eso necesita elementos en los que apoyarse. Caprichosa, se despierta después de mucho remoloneo si la despiertas. Se desprende, viaja, vuelve y es unidireccional. No hay quien la contradiga. Vuelve en forma de fotos, cd, corcho, toalla robada, copa robada, carta, libros, pulseras, cuadro. Regresa con buenas intenciones pero tarde. No es su tiempo. Siempre demasiado tarde.

Limpio mi memoria de futuros juegos y me quedo apenas con tres piedras (las que no consiguieron construir un castillo, como decía Pessoa), una foto de mi padre, la flor del baño que saluda cada mañana y el reportero Gustavo. Elijo sólo los libros que leí o querré leer, la ropa que sí uso, la música que sí escucho, las imágenes que me gusta mirar.

Toda vida anterior se queda sin asideros. No los necesita tan pesados, tan irreales, guardados, encerrados, sin posibilidad de evolución. La presente viaja de nuevo en cajas y busca anclarse en un jardín. Sin tele, con brújula, ecos cuando canto y margaritas blancas o amarillas.

martes, 23 de octubre de 2007

Agua



Es un resto del naufragio que acabo de rescatar, que sobrevive al nuevo proceso de depuración. Reconozco el caos en el que lo escribí hace quince meses, esa oscilación entre la tristeza y la euforia, la duda y la certeza. El juego de extremos que lo motivó entre el placer y el dolor, el fin y el principio. Reconozco las imágenes, las veo todavía, las referencias, los sentimientos. Son ellos, están ahí, los recuerdos que atesoro, las personas que perduran (y las que no), las intenciones, los símbolos.
Pero, sobre todo, reconozco la necesidad de construir un asidero. Inestable pero enraizado. La misma necesidad que, un tiempo después y por causas completamente distintas, ahora vuelve. Por eso, viajo hasta los orígenes de la nueva piel y lo salvo entre tantas páginas porque me devuelve a la realidad, a la evidencia. Asume y ancla.

"Un cuadro hecho a retazos. Pequeñas escenas, imágenes en miniatura que acaban configurando un todo. Lo que he vivido se resume a lo que narro y, sin embargo, sé que hay mucho más. Que la esencia se construye a base de dolores que hemos preferido olvidar, de personas que se quedaron tan sólo un momento o demasiado tiempo, de árboles y universos. Otras cadencias.

Ahora recuerdo un león tallado en madera de nogal, unos gatos recién nacidos, la brusquedad de las palabras que no entendemos. Un pan que sale del horno y un sofá rojo. Una nueva piel que se reconoce remoloneando en un parque, los versos que surgen de repente (me quedo donde estoy por si amaneces), una música que suena cada vez más alto, más propia.

Soy un río, siempre seré un río. Ya sea el Fiscaíño o el fantasma del Turia. El Guadalquivir o el Tajo. Puente de los entusiasmos o los destellos metálicos de la lucidez.

Ya no dudo.

Agua. Quiero ser agua, que emana, fluye, se desborda. La supuesta levedad de lo que se desliza, va limando, permanece, cambia, fecunda. ¿Acaso ese no es el lenguaje de la propia naturaleza?. Con un efecto aparentemente invisible ante nuestros cómodos ojos pero tan revelador... Inmutable pero siempre en constante transformación. En búsqueda perenne... en movimiento perpetuo
"