Ya no hay cafés a primera hora de la mañana, risas, planes, proyecciones, intentos de comprarse coches, reformas de la casa, animales domésticos o divagaciones varias sobre universos dispersos concentrados.
Lo que hay son nombres propios, el sonido martilleante del teléfono y PERSONAS. Cuerpos cansados que siguen hasta el final a las mentes frenéticas, absorbidas, concienciadas y preparadas para sufrir y disfrutar el calendario hasta el final. Para tachar los días, para gozar las noches, para crear una red común. Para alegrarse al unísono, llevarse las manos a la cabeza, aprender de los errores e inyectarse nuevas dosis de teatro.
martes, 14 de agosto de 2007
lunes, 13 de agosto de 2007
Mañana
Cuando la amenaza de la muerte te sobrevuela, ese dolor agudo que se agarra a las entrañas, resulta insultante que el resto del mundo permanezca ajeno e indiferente. Sólo sientes ganas de gritar ante semejante injusticia. ¿Acaso no véis que algo me come por dentro? ¿Cómo podéis seguir moviéndoos, cuando la incertidumbre es insoportable?, ¿cuándo la sospecha tiene nombre científico propio y el reloj acelera sus cuentas?.
Pero, mientras la muerte permanece agazapada, la vida no se detiene. Tampoco así se detiene.
El avión despega, la pesadilla viaja dentro, y nadie alrededor es capaz de observar o sentir el nudo que oprime mi estómago y la garganta. Mis propias piernas no me obedecen, un pie detrás del otro, avanzo, me estoy yendo, cuando lo único que quiero es que la vida se pare, aquí y ahora. Para todos. Para negarle a la muerte cualquier posibilidad de fluir. Para negarle al dolor la existencia.
Pero sabes que la vida no cesa. Que es absurdo y grotesco pero, mientras un bebé recién nacido está aprendiendo a enfocar la mirada y a reconocer a su madre por los olores, por el timbre de voz; la muerte duerme, latente, en las ramificaciones entre el hígado y la vesícula.
Y te molestan las risas ajenas (¿dónde está la tuya?), que canten cumpleaños feliz, que el avión despegue, que desmonten los coches calcinados en el teatro, que se diluyan las ausencias... Te molesta la vida. Absurda y egoísta. Incomprensible. Dolorosa. Cruel y ácida. Sin mañana, como mera posibilidad.
Pero, mientras la muerte permanece agazapada, la vida no se detiene. Tampoco así se detiene.
El avión despega, la pesadilla viaja dentro, y nadie alrededor es capaz de observar o sentir el nudo que oprime mi estómago y la garganta. Mis propias piernas no me obedecen, un pie detrás del otro, avanzo, me estoy yendo, cuando lo único que quiero es que la vida se pare, aquí y ahora. Para todos. Para negarle a la muerte cualquier posibilidad de fluir. Para negarle al dolor la existencia.
Pero sabes que la vida no cesa. Que es absurdo y grotesco pero, mientras un bebé recién nacido está aprendiendo a enfocar la mirada y a reconocer a su madre por los olores, por el timbre de voz; la muerte duerme, latente, en las ramificaciones entre el hígado y la vesícula.
Y te molestan las risas ajenas (¿dónde está la tuya?), que canten cumpleaños feliz, que el avión despegue, que desmonten los coches calcinados en el teatro, que se diluyan las ausencias... Te molesta la vida. Absurda y egoísta. Incomprensible. Dolorosa. Cruel y ácida. Sin mañana, como mera posibilidad.
miércoles, 1 de agosto de 2007
Réquiem
viernes, 20 de julio de 2007
Crece
Una nueva vida. El anturio que sobrevive al calor y a las dentelladas del gato. Las ganas de dormir, de sentir el viento con los ojos cerrados en una playa del oeste, de entender las causas y las consecuencias humanas.
Crecen las ganas de verte, las uñas de los pies, la intención de hacerlo bien, de ser sincera, de controlar el genio. Crece la capacidad de reacción, el sentido de responsabilidad, los cauces de la comunicación. Las posibilidades de encuentro, aprendizaje.
Estoy creciendo y soy consciente. Me duelen los músculos con el estirón, la mente asimila conceptos y los contradice para volver a asentir o negarlos con mayor rapidez, inteligencia y agilidad, y no he perdido la facilidad de asombrarme con esos pequeños detalles que compensan todo lo demás. Una sonrisa de complicidad, reconocer las constelaciones en el teatro, una risa de relajación, una conversación-puente.
Estoy creciendo sobre lo crecido. Sólo ahora compruebo cómo ha sido útil esa experiencia que parecía "tiempo desperdiciado". Lo vivido, sobre todo lo más reciente (Lisboa, con sus piedras) acompaña mis acciones, mis palabras, mis pensamientos. Pero sigo sumando. Lo nota el color de mi piel, mis contestaciones, el movimiento de mis pies y el calor de mis manos.
Crecen las ganas de verte, las uñas de los pies, la intención de hacerlo bien, de ser sincera, de controlar el genio. Crece la capacidad de reacción, el sentido de responsabilidad, los cauces de la comunicación. Las posibilidades de encuentro, aprendizaje.
Estoy creciendo y soy consciente. Me duelen los músculos con el estirón, la mente asimila conceptos y los contradice para volver a asentir o negarlos con mayor rapidez, inteligencia y agilidad, y no he perdido la facilidad de asombrarme con esos pequeños detalles que compensan todo lo demás. Una sonrisa de complicidad, reconocer las constelaciones en el teatro, una risa de relajación, una conversación-puente.
Estoy creciendo sobre lo crecido. Sólo ahora compruebo cómo ha sido útil esa experiencia que parecía "tiempo desperdiciado". Lo vivido, sobre todo lo más reciente (Lisboa, con sus piedras) acompaña mis acciones, mis palabras, mis pensamientos. Pero sigo sumando. Lo nota el color de mi piel, mis contestaciones, el movimiento de mis pies y el calor de mis manos.
lunes, 16 de julio de 2007
Fedra
Fedra tiene la última palabra y su última palabra es morir, no sin antes reconocer la verdad. ("¿Quién conoce la verdad?"). Fin trágico para la exploración de sentimientos en rojo y negro, las luces y las sombras de la contradicción, de un único y poderoso matiz que nos hace avanzar a tientas o definitivamente: la duda.
'Fedra' es el viaje de todos sus personajes entre lo impuesto y los instintos. El deber y el sentir. El recorrido intermedio entre la lealtad y la libertad de decidir. Entre la rabia y la libertad de descubrir. Los prejuicios y la libertad de abrir los ojos. Abrir los ojos a la verdad. ("¿Quién conoce la verdad?").
Foto: Cefe López
Placeres
Placeres de tiempo y de espacio, el placer de vivir. Sin angustias, arrepentimientos, ni tapones. Sin medir. Sin metas. Sin presiones. Libre. Con calma. Confiada y azul.
Mérida y el teatro me regalan un nuevo inventario de placeres sencillos, como una barra de pan gallego, una nueva idea o la visión del puente romano iluminado por la noche. Las horas robadas a un lunes casi de madrugada, las conversaciones-ola y los brindis, todo lo que hemos aprendido hasta aquí y ahora. Sentir cómo la arena se cuela entre los dedos, las sombras del peristilo y algunas historias (el Plauto en traje y corbata o los intentos republicanos de abrazar columnas).
Unos ojos desafiantes, una imagen en blanco y negro, me descubren que va a empezar la función, una carrera de obstáculos, y no hay fantasmas en el camerino porque somos todos protagonistas de un engranaje complejo que debe funcionar al unísono.
Y mi único empeño es seguir siendo persona, habitada por placeres sencillos, como burlar la timidez, las jerarquías y las diferenciaciones impuestas. Bajar al aljibe, subir a la muralla y recordar la importancia de tocar y que te toquen.
Experimentar uno de los placeres más satisfactorios, cuando toda la maraña de tejidos humanos -construido con pasiones encontradas- se resuelve. El verbo COMPARTIR.
Mérida y el teatro me regalan un nuevo inventario de placeres sencillos, como una barra de pan gallego, una nueva idea o la visión del puente romano iluminado por la noche. Las horas robadas a un lunes casi de madrugada, las conversaciones-ola y los brindis, todo lo que hemos aprendido hasta aquí y ahora. Sentir cómo la arena se cuela entre los dedos, las sombras del peristilo y algunas historias (el Plauto en traje y corbata o los intentos republicanos de abrazar columnas).
Unos ojos desafiantes, una imagen en blanco y negro, me descubren que va a empezar la función, una carrera de obstáculos, y no hay fantasmas en el camerino porque somos todos protagonistas de un engranaje complejo que debe funcionar al unísono.
Y mi único empeño es seguir siendo persona, habitada por placeres sencillos, como burlar la timidez, las jerarquías y las diferenciaciones impuestas. Bajar al aljibe, subir a la muralla y recordar la importancia de tocar y que te toquen.
Experimentar uno de los placeres más satisfactorios, cuando toda la maraña de tejidos humanos -construido con pasiones encontradas- se resuelve. El verbo COMPARTIR.
viernes, 13 de julio de 2007
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