No existe el infinito:
el infinito es la sorpresa de los límites.
Alguien constata su impotencia
y luego la prolonga más allá de la imagen, en la idea,
y nace el infinito.
El infinito es el dolor
de la razón que asalta nuestro cuerpo.
No existe el infinito, pero sí el instante:
abierto, atemporal, intenso, dilatado, sólido;
en él un gesto se hace eterno.
Un gesto es un trayecto y una trayectoria,
un estuario, un delta de cuerpos que confluyen,
más que trayecto un punto, un estallido,
un gesto no es inicio ni término de nada,
no hay voluntad en el gesto, sino impacto;
un gesto no se hace: acontece.
Y cuando algo acontece no hay escapatoria:
toda mirada tiene lugar en el destello,
toda voz es un signo, toda palabra forma
parte del mismo texto.
Chantal Maillard
lunes, 31 de diciembre de 2007
viernes, 21 de diciembre de 2007
La cosa empezó así
Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza.
Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una novela, una simple historia ficticia. Lo dice Littré, que nunca se equivoca.
Y, además, que todo el mundo puede hacer igual. Basta con cerrar los ojos.
Está del otro lado de la vida.
Viaje al fin de la noche
Louis-Ferdinand Céline
Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una novela, una simple historia ficticia. Lo dice Littré, que nunca se equivoca.
Y, además, que todo el mundo puede hacer igual. Basta con cerrar los ojos.
Está del otro lado de la vida.
Viaje al fin de la noche
Louis-Ferdinand Céline
viernes, 30 de noviembre de 2007
Fahrenheit 451
- (...) Ella no quería saber cómo se hacía algo, sino porqué. Esto puede resultar embarazoso. Se pregunta el porqué de una serie de cosas y se termina sintiéndose muy desdichado. Lo mejor que podía pasarle a la pobre chica era morirse.
- Sí, morirse.
- Afortunadamente, los casos extremos como ella no aparecen a menudo. Sabemos cómo eliminarlos en embrión. No se puede construir una casa sin clavos en la madera. Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno. O, mejor aún, no le des ninguno. Haz que olvide que existe una cosa llamada guerra. Si el Gobierno es poco eficiente, excesivamente intelectual o aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la gente se preocupe por ello. Tranquilidad, Montag. Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales del Estado, o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos "hechos" que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía. Cualquier hombre que pueda desmontar un mural de televisión y volver a armarlo luego, y, en la actualidad, la mayoría de los hombres pueden hacerlo, es más feliz que cualquier otro que trata de medir, calibrar y sopesar el Universo, que no puede ser medido ni sopesado sin que un hombre se sienta bestial y solitario. Lo sé, lo he intentado. ¡Al diablo con ello! Así pues, adelante con los clubs, las fiestas, los acróbatas y los prestidigitadores, los coches a reacción, las bicicletas helicópteros, el sexo y las drogas, más de todo lo que esté relacionado con reflejos automáticos. Si el drama es malo, si la película no dice nada, si la comedia carece de sentido, dame una inyección de teramina. Me parecerá que reacciono con la obra, cuando sólo se trata de una reacción táctil a las vibraciones. Pero no me importa. Prefiero un entretenimiento completo. (...)
Ver las cosas consumidas,
ver los objetos cambiados,
sobre su serpiente,
escupiendo petróleo
venenoso sobre el mundo.
En sus manos
la sinfonía de las llamas.
En sus manos
vive y habla el fuego.
Era estupendo quemar,
ver los objetos cambiar.
Era estupendo quemar,
verlos cambiar,
verlos volar.
Fahrenheit 451,
temperatura de creación,
no sólo el papel arde.
En sus manos
la sinfonía de las llamas.
En sus manos
vive y habla el fuego.
Era estupendo quemar,
ver los objetos cambiar.
Era estupendo quemar,
verlos cambiar,
verlos volar.
Fuego vivo,
fuego vivo,
fuego vivo,
fuego vivo...
Texto: Ray Bradbury
Foto: Juan Camilo Rincón - Flickr
Música: Lagartija Nick
jueves, 29 de noviembre de 2007
Noviembre
Ha llegado el frío en noviembre y me ha pillado sentada en el suelo, leyendo frente al piano y las velas, o acurrucada en un sofá demasiado grande para nosotros dos. Recupero la bolsa de agua caliente en la cama, la mano derecha en la barriga del gato, la voz de Cesaria Évora o el flamenco de la Buika y la Negra.
Es noviembre. Otra vez. Van 32 y algunas nociones de cuidados básicos. Navidad sólo hay una y el resto de los días se olvidan. Ni las devastaciones ni las alegrías se parecen entre ellas y las sorpresas están en la página del periódico que no leíste. Noviembre me sorprende cuidando de mí misma, aprendiendo a hacerlo con calma, dejando que se sucedan la euforia y la tristeza, sin pretender disfrazarlas, igual que se suceden el rocío de las mañanas y el sol de mediodía.
Subo, bajo, pero no me tiemblan las rodillas, callo, decido. Me pierdo, vuelvo, me desoriento, desentierro una raíz del jardín y la veo tal como es, transplantable.
Ha sido un mes de lunas rojas desde un autobús, de frases de película y símbolos. "¿Cuál es la diferencia entre signo y símbolo?". Ha sido un mes de guantes blancos para un tiempo de sangre y de autogestión. Surgen perfiles, conceptos transversales. Buceo en archivos, bibliotecas, museos y vuelve a palpitar aquella oportunidad, la republicana. La veo desde un teatro, construido por los romanos o improvisado en la plaza de un pueblo. Veo el rostro de esa mujer en sueños, las gafas del Cipri, lo que ha quedado después. Veo noviembre desde la carretera, en blanco y negro, impreso. Un noviembre que germina.
Foto: DiegoBe - Flickr
martes, 20 de noviembre de 2007
Val del Omar

El cielo está a los pies
El cielo está a los pies, corazón mío
en soledad sonora sumergido
en cero gravedad, firme firmamento.
Amor divinamente eléctrico,
amor enciende amor por tientos
de puntillas y en silencio,
glorieta, cúpula, cópula.
Para sentirse libre de la náusea, el hombre necesita una tensión,
una pasión, una mística.
Frente a la sociedad encuadrada, la sociedad animada
Entre infrarrojos y ultravioletas, voz de sombra.
El mito contiene el sueño profundo.
Texto y foto: José Val del Omar (Granada, 1904 - Madrid, 1982)
lunes, 19 de noviembre de 2007
19 de septiembre
Nunca se acaba de decir adiós a un muerto.
Puedes intentarlo con todo tipo de rituales, de vestimentas, misas de domingo, pastillas, el balbuceo de un bebé.
Puedes ordenarle a tu cuerpo que siga. Lo hará. Dos menstruaciones. Desbrozar el jardín, comprar un ejemplar de La Vanguardia del 26 de agosto de 1949 por internet y con tarjeta de crédito, programar las vacaciones que no tuviste.
Puedes seguir el día a día, cambiar de música, sentir ternura, dar cuerpo al inspector Kurt Wallander y ponerle nombre a los margaritos: Reiko y Naoko. Puedes llenar los días y sosegar las noches. Correr, reír, leer, follar. Emborracharte un lunes por la tarde con gin tonic, colocar los libros por categorías y por orden alfabético, dejar que otras voces diserten en tu cabeza sobre teatro y segunda república, recordar, aplazar, engordar, tener en tus manos un billete de 500, montar un mueble del ikea y conectar el ordenador.
Sí. Puedes seguir, puedes vivir, puedes sentir pero nunca acabarás de decir adiós a un muerto.
Foto: Daften
jueves, 15 de noviembre de 2007
La casa habitada
Me parecería de lo más normal que, en cualquier momento, aparecieras en las escaleras, riéndote porque no esperaba a nadie y me has asustado. O que te asomaras por la puerta de la cocina, mientras estoy tendiendo la ropa en el patio.
A veces, hasta me extraña no oír cómo me gritas desde abajo que hace frío, que encienda de una vez la calefacción. Me pregunto porqué no te acercas al jardín para decirme que no estaría mal que, en vez de margaritas amarillas, plantásemos árboles frutales.
Vivo sola pero, a veces, tengo la impresión que mi casa está habitada.
“Los espíritus no son fantasmas”, he leído en ‘La leona blanca’ de Heinning Mankell.
'No. No lo son', me susurras antes de dormir.
Foto: Metamorfosis
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