lunes, 19 de noviembre de 2007

19 de septiembre



Nunca se acaba de decir adiós a un muerto.

Puedes intentarlo con todo tipo de rituales, de vestimentas, misas de domingo, pastillas, el balbuceo de un bebé.

Puedes ordenarle a tu cuerpo que siga. Lo hará. Dos menstruaciones. Desbrozar el jardín, comprar un ejemplar de La Vanguardia del 26 de agosto de 1949 por internet y con tarjeta de crédito, programar las vacaciones que no tuviste.

Puedes seguir el día a día, cambiar de música, sentir ternura, dar cuerpo al inspector Kurt Wallander y ponerle nombre a los margaritos: Reiko y Naoko. Puedes llenar los días y sosegar las noches. Correr, reír, leer, follar. Emborracharte un lunes por la tarde con gin tonic, colocar los libros por categorías y por orden alfabético, dejar que otras voces diserten en tu cabeza sobre teatro y segunda república, recordar, aplazar, engordar, tener en tus manos un billete de 500, montar un mueble del ikea y conectar el ordenador.

Sí. Puedes seguir, puedes vivir, puedes sentir pero nunca acabarás de decir adiós a un muerto.

Foto: Daften

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