sábado 18 de febrero de 2012

Las horas

Reinventando el tiempo cuando el tiempo es, en esencia, una espera.


Foto: www.chemamadoz.com

jueves 12 de enero de 2012

Latidos

He visto cómo la luz juega en Lisboa.

He visto la luna llena sobre la Acrópolis de Atenas y he danzado en las aguas transparentes del Egeo.

He contemplado los horizontes de Madrid pensando que serían eternos.

He disfrutado del esplendor de la primavera en los campos de Extremadura.

He llorado, he reído y todavía recuerdo algunos motivos.


No comprendí la materia hasta que no la tuve delante en Lanzarote.

Me emocioné ante el azul imposible de los almendros en flor que Van Gogh pintó para su sobrino.

El viaje más largo que hice fue el de retorno a casa.

Como Ulises en el Hades de “La Odisea”, hablé con mis muertos y me subí a las columnas del Teatro Romano de Mérida sabiendo que seguiría acordándome de aquel momento cincuenta años después.

Sé que he vivido decenas de instantes únicos, con personas que también fueron únicas. Pero nada como sentir por primera vez el latido acelerado del corazón de mi bebé con tan sólo nueve semanas de vida.

Foto: Adraga, Lisboa

lunes 9 de enero de 2012

Despedida

"Somos el espacio que ocupamos pero, sobre todo, el espacio que mantenemos entre nosotros y los demás"
Historias de la vida material, Centro Helga de Alvear

Estuvimos en Olivenza y sus aldeas grabando las huellas de la cultura portuguesa y seguimos por el Valle del Ambroz los pasos del otoño.

Recorrimos un teatro de punta a punta y le pusimos nombre a cada una de sus partes.

Casi todo lo que sabemos de arte lo aprendimos en galerías, museos o fundaciones, y hablando con todo tipo de creadores.

Nos dejamos seducir por la fotografía y hemos tarareado muchas músicas distintas en salas de conciertos, locales de ensayos y festivales.

Hemos mezclado historia con vanguardia. Lo local y lo foráneo. La creatividad individual con el esfuerzo colectivo.

Hemos recorrido miles de kilómetros. De día y de noche.


Nos esforzamos en mostrar que hay muchas maneras de contar un mismo hecho. Y, por eso, hicimos unas cuantas preguntas.

Cómo se prepara una exposición, qué rituales siguen los actores antes de cada función, quiénes son los nuevos dramaturgos, cuáles son las fuentes de financiación ante la falta de dinero público, qué tiene que decir la filosofía en estos tiempos de fuga, cómo el soporte modifica el mensaje, cómo la cultura ha dignificado a determinados sectores marginales, cómo el cine ha tratado históricamente la homosexualidad...

Pero, sobre todo, los que hemos formado parte de La Isla de Viernes hemos sido víctimas del contagio. Del tremendo contagio de la cultura.

Han sido años poblados de música, películas, libros, ideas, discusiones, risas, cervezas, planos, quejas y esfuerzo. Mucho esfuerzo. Porque sabíamos que lo que estábamos haciendo merecía la pena.

Y eso... ya forma parte de todos nosotros allá donde vayamos.

Ilustración: Luis Fano

martes 13 de diciembre de 2011

Burbuja

Llegué a Mérida en autobús, el día de Reyes de 2007, mientras sonaba en el mp3 “Where’s my mind” de los Pixies en versión Placebo.

Lo recuerdo con exactitud porque aquellos no eran buenos tiempos para mi cerebro y con esa canción, al menos, conseguía dejar de nadar en espiral.

Aquella tarde llovía y Olga me acogió en su casa, como años atrás había hecho en Melilla.

Llegué a Extremadura para trabajar en el Festival de Mérida (sí, ese que ahora se desangra). Sólo después, y durante dos años, averigüé qué significaba esa vorágine y cómo el Teatro Romano, con sus luces y sus sombras, se iba a colar para siempre en mis entrañas.

A él están vinculadas algunas de las personas que van a seguir viajando conmigo, vaya donde vaya. El resto, las conocí habitando una isla que me ha hecho saber qué historias me gusta vivir para contarlas.

Han pasado cinco años y muchos recuerdos. Ahí estamos Sara y yo de madrugada, espiando cómo montan en el Teatro la escenografía de coches quemados de “Los persas” de Calixto Bieito.


Recuerdo una noche de cumpleaños, una noche privilegiada, gira, girando.

Sin dramas, sin miedos.

Siento las piedras del puente bajo los pies, que me han aclarado tanto las ideas en cientos de trayectos de ida y vuelta.

Olga y yo cenando lo de siempre, en el lugar de siempre.

La sonrisa tonta de la cerveza y saber que no hay vuelta atrás.


El olor de las flores que he intentado cuidar con mis propias manos.

Películas en blanco y negro, en versión original subtitulada. Y muchas conversaciones, con gente distinta, que inflaman el espíritu y despiertan la curiosidad.

Regresar, después, sin prisas, a Hervás, al Jerte, a la Vera, a Alcántara, a Malpartida, a San Jorge de Alor.

Después de haber cambiado tantas veces de ciudad, es la primera vez que me voy de un sitio sabiendo que podría quedarme. Que esta es mi casa, cómo sólo antes lo habían sido Trives y la infancia. Que aquí la raíz sí ha sido fértil. Que podríamos seguir así toda la vida.

Pero toda la vida es demasiado tiempo y ahora quiero saber qué hay más allá de esta burbuja.

Foto: Entrevista a Calixto Bieito (Jero Morales) / "Resistiré" (Javier Álvarez)

lunes 12 de diciembre de 2011

Giacometti

Una de las asignaturas que más me fascinó en la adolescencia fue Historia del Arte pero tenía tan claro que quería estudiar Periodismo que ni siquiera se me ocurrió la hipótesis de combinar ambas carreras y buscar una especialización.

Luego el tiempo se echó a correr y me trajo hasta aquí, donde ahora sé que la clase de historias que me gustaría contar poco tienen que ver con los medios de comunicación actuales y mucho con los procesos de creación, desde su origen en el cerebro hasta la puesta en escena.


Pienso en esto después de haber viajado a Málaga para ver la retrospectiva de Alberto Giacometti. Después de haber querido acariciar los rostros escuálidos y rugosos de sus esculturas, de haberle preguntado a “El Hombre que camina I” ¿dónde vas con esa angustia? y de visualizar la separación que existe entre todos nosotros, ante composiciones como “El bosque” o “El claro”.

De regreso, he leído un textito de Michael Peppiatt sobre el taller de Giacometti en París y, una vez más, he lamentado mi tendencia natural a los descubrimientos tardíos.

Aunque, quizás, no sea tarde, sino que simplemente he estado caminando hasta este momento.

sábado 1 de octubre de 2011

de realidades

No preguntes dónde está la realidad porque la boca se te llenará de niebla” / Diego Doncel

Cuando me hablan de Realidad Aumentada, de plataformas de software y de la invasión de los dispositivos táctiles tengo la misma sensación que cuando leo los suplementos de economía y veo documentales subtitulados sobre la crisis financiera.

No es que no lo entienda, es que no me cabe en la cabeza que el “orden” que están tratando de establecer pueda obedecer a una secuencia lógica y a unas necesidades concretas, en vez de a algo completamente artificial.


Cada vez más pienso que ellos y yo habitamos un mundo distinto.

¿Quiénes son ellos? ¿Eres tú también?

Que mi mundo ni tan siquiera tiene esa entidad, que tan sólo es una pequeña isla, en la que la velocidad de reacción, de adaptación y de consumo viene regulado por otra clase de exigencias al tiempo.

Uno que, dicen, está a punto de desaparecer.

Lo recuerdo todo pero no entiendo nada
Italo Svevo

Foto: Cementerio de San Mamed (Orense)

martes 20 de septiembre de 2011

... pero eso es otra historia

Remuevo un poco la pasta con una cuchara de madera para que no se pegue al fondo de la olla mientras mi mente va dictando:

“Mis padres habían llegado a ese acuerdo cuando yo nací, así que nunca sentí la necesidad de acostumbrarme porque aquella regla de convivencia no escrita formaba parte del orden natural de las cosas

El otro día me contaron una historia que podría empezar así.

Habla de un matrimonio que llega a un pacto de convivencia cuando nace su primer hijo: ella se ocupa del bebé de lunes a viernes, mientras él invierte la mayor parte de sus horas en una multinacional.

Los fines de semana se intercambian los papeles. El tiempo de ella vuelve a sus manos mientras que la responsabilidad del pequeño pasa, en exclusiva, a él.


Ese reparto gira en mi cabeza al mismo ritmo que la pasta con la que hoy voy a hacer una ensalada y, mientras manoseo los trocitos de cazón para acostumbrarme a la textura del pescado antes de embadurnarlo de harina, sigo pensando en el detalle que la hace especial.

Y es que él, muchos domingos, en vez de pasear con el carro por las avenidas de Madrid o por el Retiro, se lleva al niño al Museo del Prado. Y allí, entre la época negra de Goya, “Las meninas” de Velázquez, el lapislázuli de “El descendimiento” de Rogier Van der Weyden y la monja con cuerpo de cerdo de El Bosco, pasan sus horas el padre y el hijo.

Semana tras semana. Mes tras mes. ¿Año tras año?


Lo que me gusta de esta historia es el cerebro del niño, cómo irá asimilando colores, formas, figuras, escenas, historias, normas, costumbres, relaciones, conceptos…

Mientras mis manos preparan la ensalada y el cazón en adobo, sigo buscando en mi mente las palabras para contarla.