"(...) Y también está la verbofobia, que es el miedo a las palabras.
En ese caso lo mejor es quedarse callado, dijo Juan de Dios Martínez.
Es un poco más complicado que eso, porque las palabras están en todas partes, incluso en el silencio, que nunca es silencio total, ¿verdad?"
He vivido con "2666" pegado a mis piernas los dos últimos meses, devorando sus 1.119 páginas en los momentos de lucidez, visualizando a sus personajes y preguntándome fascinada ¿cómo es posible que haya mente humana capaz de imaginar y ejecutar semejante obra?
Conocer a Beno von Archimboldi y decirle adiós me ha dejado mitad huérfana mitad hambrienta. Suele pasarme con los libros que trascienden su soporte de papel y tinta para convertirse en imágenes reales. Sí. Reales. Lo leído por lo vivido. ¿Quién dice que yo soy yo y no puedo ser el judicial Juan de Dios Martínez o la baronesa Von Zumpe? ¿Dónde dices que he estado en las últimas semanas? En México, en Alemania, oyendo pasos de gigante, siendo niño alga, en el escondrijo de Ansky, en una habitación de hotel, en un libro de geometría o entre rejas.
Dos meses y he llegado a la última página.
¿Y ahora qué?
Pues ahora toca vivir. El frío, la aparente calma, la música que ha vuelto a casa y el trabajo en su peso justo.
Pero Ignatius Reilly me espera ya en Nueva Orleans, Paul Gauguin en Tahití y Kelvin en Solaris. Así que me temo que no me quedaré demasiado aquí. Ya sabes dónde buscarme.
jueves, 2 de diciembre de 2010
jueves, 11 de noviembre de 2010
Doble o nada
jueves, 4 de noviembre de 2010
Noviembre 35
Noviembre me pilla en la página 486 de "2666" de Roberto Bolaño, en la parte de los crímenes, anotando en un papel la cantidad de fobias que existen según la doctora Elvira Campos: sacrofobia, optofobia (miedo a abrir los ojos), cromofobia (a los colores), nictofobia (a la noche), ergofobia (al trabajo), antropofobia (a la gente) y así una larga lista en la que no me reconozco. Quizás soy un poco decidofóbica, aunque no hay peligro, doctora. A tomar decisiones se aprende y estoy en ello.
Noviembre llega después de la niebla, el viento y la lluvia, aceptando con calma que es su hora y que habrá que mojarse si queremos otra primavera deslumbrante. Con los pies calentitos en el brasero y volviendo a disfrutar de los placeres sencillos: el libraco entre las manos, un plan para viajar a Madrid y ver a José María Pou vestido de Orson Welles, los desayunos del fin de semana con periódicos, un cine en versión original, aunque últimamente no acertemos con las pelis.

El gato sigue aquí, cómo me alegro; quiero cambiar el color de la puerta, enciendo la radio porque no hay descubrimientos musicales obsesivos y cultivo la certeza de que no me voy a caer. No me van a faltar las fuerzas, por mucho que haya momentos en los que parece que no puedo seguir remando.
Noviembre empieza queriendo viajar a casa, en un nuevo intento con el tai chi, la nevera llena y las cuentas ordenadas. Ser persona, ¿y eso qué es? Ser persona.
Éste es mi mes. Si no ¿qué hago contándole cómo estoy desde la última vez que nos vimos?
Noviembre llega después de la niebla, el viento y la lluvia, aceptando con calma que es su hora y que habrá que mojarse si queremos otra primavera deslumbrante. Con los pies calentitos en el brasero y volviendo a disfrutar de los placeres sencillos: el libraco entre las manos, un plan para viajar a Madrid y ver a José María Pou vestido de Orson Welles, los desayunos del fin de semana con periódicos, un cine en versión original, aunque últimamente no acertemos con las pelis.
El gato sigue aquí, cómo me alegro; quiero cambiar el color de la puerta, enciendo la radio porque no hay descubrimientos musicales obsesivos y cultivo la certeza de que no me voy a caer. No me van a faltar las fuerzas, por mucho que haya momentos en los que parece que no puedo seguir remando.
Noviembre empieza queriendo viajar a casa, en un nuevo intento con el tai chi, la nevera llena y las cuentas ordenadas. Ser persona, ¿y eso qué es? Ser persona.
Éste es mi mes. Si no ¿qué hago contándole cómo estoy desde la última vez que nos vimos?
miércoles, 3 de noviembre de 2010
Portillo & Martín
Soy lenta. Sí, ¿qué pasa?
Ayer, hasta que no llegué a casa a las 19:45h, no me puse a pensar en el Festival de Mérida. Y, poco a poco, fueron reapareciendo las fotos de Margarita Xirgu, la que publicaron en el Babelia; aquella comida desastrosa que quedó grabada, los aullidos de Blanca Portillo desde el otro lado de la valla. Las dos veces que vi "Medea" y la envidia por la cercanía de quién sí lo vivió desde dentro.

La chapa de Cefe que vimos y perseguimos en Atenas; el regalo de Chusa y sus palabras... "a ti, que eres una mujer fuerte, te gustaría Ibsen y "Casa de muñecas"... Cris, Isa, el mago argentino de las luces... La dignidad, el criterio, el trabajo meticuloso...
Cada quien elige su camino, y ellos sabrán lo que acaban de hacer, lo que apuestan, pero hoy a ellas dos, a Blanca Portillo y a Chusa Martín, me las imagino en una nube. Y no están solas.
Foto: Cristóbal Manuel, Babelia
Ayer, hasta que no llegué a casa a las 19:45h, no me puse a pensar en el Festival de Mérida. Y, poco a poco, fueron reapareciendo las fotos de Margarita Xirgu, la que publicaron en el Babelia; aquella comida desastrosa que quedó grabada, los aullidos de Blanca Portillo desde el otro lado de la valla. Las dos veces que vi "Medea" y la envidia por la cercanía de quién sí lo vivió desde dentro.

La chapa de Cefe que vimos y perseguimos en Atenas; el regalo de Chusa y sus palabras... "a ti, que eres una mujer fuerte, te gustaría Ibsen y "Casa de muñecas"... Cris, Isa, el mago argentino de las luces... La dignidad, el criterio, el trabajo meticuloso...
Cada quien elige su camino, y ellos sabrán lo que acaban de hacer, lo que apuestan, pero hoy a ellas dos, a Blanca Portillo y a Chusa Martín, me las imagino en una nube. Y no están solas.
Foto: Cristóbal Manuel, Babelia
martes, 28 de septiembre de 2010
El príncipe de Bissau
David tiene cinco años pero hace una veintena de días que se llama así. David. Y ese cambio de nombre simboliza otro más profundo porque su vida ha pasado de suceder en un orfanato de la capital de Guinea Bissau hasta un apartamento en Lisboa. Ahora tiene padres, él español, ella portuguesa, y un horizonte de vida completamente diferente. Un horizonte, para empezar.
Pronuncia mi nombre como cantando, Sonlla, y ha tardado bien poco en contar los pendientes de mi oreja izquierda, en jugar con el pelo y en soltar unas peroratas en criollo, a las que puedes responder con cualquier otro lenguaje que incluya caricias, paciencia y aprendizaje.

Para David, este mundo es nuevo (también para sus padres que ahora lo miran a través de él) y lo repasa por las noches cuando duerme. No te preocupes, pequeño. No se te va a escapar. Mañana cuando abras los ojos seguirá estando aquí, a tu disposición.
No puedo evitarlo, me recuerda a Mohamed y a un tiempo en el que pensaba que las acciones individuales consiguen cambiar, no el mundo, pero sí vidas concretas y aquello valía mucho.
A Tomás, Carla y David, por su encuentro
Pronuncia mi nombre como cantando, Sonlla, y ha tardado bien poco en contar los pendientes de mi oreja izquierda, en jugar con el pelo y en soltar unas peroratas en criollo, a las que puedes responder con cualquier otro lenguaje que incluya caricias, paciencia y aprendizaje.
Para David, este mundo es nuevo (también para sus padres que ahora lo miran a través de él) y lo repasa por las noches cuando duerme. No te preocupes, pequeño. No se te va a escapar. Mañana cuando abras los ojos seguirá estando aquí, a tu disposición.
No puedo evitarlo, me recuerda a Mohamed y a un tiempo en el que pensaba que las acciones individuales consiguen cambiar, no el mundo, pero sí vidas concretas y aquello valía mucho.
A Tomás, Carla y David, por su encuentro
lunes, 27 de septiembre de 2010
"Momento de parar"
Pasan los días y se me olvida cumplir con el listado de obligaciones. Revisar el gas, enviar la factura, pedir cita.
Puedo seguir así una semana más pero no quiero que se me olvide hablar de Hilario, aquel tipo que habitó en Yaiza en 1730 y que subía al Timanfaya para buscarle alimento a su camella, unos higos, y no encontraba más que piedra calcinada. De cómo me sentí en casa en su casa, algunos siglos después. Tanto, que si es niña se llamará Yaiza y viajaremos a Lanzarote sólo para que ella vea escrito su nombre a la entrada del pueblo. Para que sepa apreciar el silencio, la habilidad y la belleza.

No quiero olvidar que con César Manrique y en esa isla por fin aprendí qué significa la pintura matérica. Que veo a Chirico en un espejo. Que me flipa la geometría, dos mitades, un todo, cuatro cuartos... Que una sola persona, si el mensaje es bueno, puede ejercer un gran poder de contagio. Dos ya hacen un milagro, Doctor en Alaska dixit.
Que Femés no duerme, que Teguise es mejor en día de no-mercado. Que lo habrás oído setenta veces pero los mejores caminos no siempre discurren en línea recta y, mucho menos, están señalizados.

Ha llegado ya el otoño y, como me descuide, se disipan los efectos del verano preparando el invierno con nuevas dosis de películas clásicas. Pero esto no está "metriculado" y los tiempos son así de caprichosos. Las personas te sacuden de vez en cuando con un efecto inesperado. La tierra, lo mismo. Así que me voy a dejar suelta para lo que venga, aunque llegue con efecto retroactivo y sin posibilidad de devolución.
"Siempre estamos oyendo disculpas, inconvenientes, aprobaciones anteriores, leyes caducas y un sinfín de aparentes tropiezos que parecen imposibles de corregir, con tal de no parar esa barbaridad que se nos echa encima.
Todo se puede corregir. Depende del entusiasmo, de tener una verdad en las manos y una valiente y honrada decisión"
César Manrique, "Momento de parar", 1985
Puedo seguir así una semana más pero no quiero que se me olvide hablar de Hilario, aquel tipo que habitó en Yaiza en 1730 y que subía al Timanfaya para buscarle alimento a su camella, unos higos, y no encontraba más que piedra calcinada. De cómo me sentí en casa en su casa, algunos siglos después. Tanto, que si es niña se llamará Yaiza y viajaremos a Lanzarote sólo para que ella vea escrito su nombre a la entrada del pueblo. Para que sepa apreciar el silencio, la habilidad y la belleza.
No quiero olvidar que con César Manrique y en esa isla por fin aprendí qué significa la pintura matérica. Que veo a Chirico en un espejo. Que me flipa la geometría, dos mitades, un todo, cuatro cuartos... Que una sola persona, si el mensaje es bueno, puede ejercer un gran poder de contagio. Dos ya hacen un milagro, Doctor en Alaska dixit.
Que Femés no duerme, que Teguise es mejor en día de no-mercado. Que lo habrás oído setenta veces pero los mejores caminos no siempre discurren en línea recta y, mucho menos, están señalizados.
Ha llegado ya el otoño y, como me descuide, se disipan los efectos del verano preparando el invierno con nuevas dosis de películas clásicas. Pero esto no está "metriculado" y los tiempos son así de caprichosos. Las personas te sacuden de vez en cuando con un efecto inesperado. La tierra, lo mismo. Así que me voy a dejar suelta para lo que venga, aunque llegue con efecto retroactivo y sin posibilidad de devolución.
"Siempre estamos oyendo disculpas, inconvenientes, aprobaciones anteriores, leyes caducas y un sinfín de aparentes tropiezos que parecen imposibles de corregir, con tal de no parar esa barbaridad que se nos echa encima.
Todo se puede corregir. Depende del entusiasmo, de tener una verdad en las manos y una valiente y honrada decisión"
César Manrique, "Momento de parar", 1985
jueves, 23 de septiembre de 2010
Correr
I
Corro tanto, voy tan deprisa, que no tengo tiempo de parar a pensar si cada decisión que tomo, por pequeña que sea, es acertada o no; concuerda o no con lo que se busca.
El objetivo está claro y, si falta la reflexión, cuento con el instinto, con la habilidad o la torpeza de tratar a la gente, con la intuición de cómo me gustaría que fuera, con la búsqueda del equilibrio entre ellos y nosotros. Entre yo y ellos. Ante vosotros. Contigo.
No tengo tiempo porque soy la primera que se ha autoimpuesto la responsabilidad de no fallar pero quizás me estoy fallando (o engañando a mí misma). Por eso, esta semana me repito dos frases del "pequeño manual" de Universitas:
- No esperes que la vida sea justa
- Establece con claridad tus prioridades. Nadie en su lecho de muerte ha exclamado: ¡Caramba, si hubiera pasado más tiempo en la oficina!
A D., por su elegante no-despedida
II
Corro tanto, voy tan deprisa, que muchos días no me gusta que mi madre me recuerde por teléfono lo acelerada que estoy. Eso, el teléfono, es prácticamente lo único que tengo para saber cómo le fue a mi sobrino en su primer día de cole, cómo llevan ellos su paternidad, qué más le pasa a la gente. Y no quiero ni pensar en las conversaciones pendientes, encuentros adiados y cenas o fines de semana en los que me gustaría estar.

Y lo peor es que pienso en lo que haría si tuviera tiempo y lo que se me ocurre es: no estar aquí.
Corro tanto, voy tan deprisa, que no tengo tiempo de parar a pensar si cada decisión que tomo, por pequeña que sea, es acertada o no; concuerda o no con lo que se busca.
El objetivo está claro y, si falta la reflexión, cuento con el instinto, con la habilidad o la torpeza de tratar a la gente, con la intuición de cómo me gustaría que fuera, con la búsqueda del equilibrio entre ellos y nosotros. Entre yo y ellos. Ante vosotros. Contigo.
No tengo tiempo porque soy la primera que se ha autoimpuesto la responsabilidad de no fallar pero quizás me estoy fallando (o engañando a mí misma). Por eso, esta semana me repito dos frases del "pequeño manual" de Universitas:
- No esperes que la vida sea justa
- Establece con claridad tus prioridades. Nadie en su lecho de muerte ha exclamado: ¡Caramba, si hubiera pasado más tiempo en la oficina!
A D., por su elegante no-despedida
II
Corro tanto, voy tan deprisa, que muchos días no me gusta que mi madre me recuerde por teléfono lo acelerada que estoy. Eso, el teléfono, es prácticamente lo único que tengo para saber cómo le fue a mi sobrino en su primer día de cole, cómo llevan ellos su paternidad, qué más le pasa a la gente. Y no quiero ni pensar en las conversaciones pendientes, encuentros adiados y cenas o fines de semana en los que me gustaría estar.
Y lo peor es que pienso en lo que haría si tuviera tiempo y lo que se me ocurre es: no estar aquí.
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