lunes, 7 de febrero de 2011

La tarde



"La tarde es una larga conspiración de sombras"

Ada Salas (La sed)

Montaña mágica

Hay lugares en Extremadura en los que la tierra se mira al espejo y le gusta lo que ve.


Foto: La Geregosa, Santiago de Alcántara

jueves, 3 de febrero de 2011

Sol de febrero

Estoy aprendiendo a dibujar una escalera. No una, varias. Van cambiando de dirección, se acercan, se distraen… Es un baile que se parece bastante al día a día.

El objetivo es levantar los brazos y agarrar el sol.

¿Para qué?

Para nada. Lo importante es haber acortado las distancias y creer que es todo tuyo.

Pero me da la impresión que esas escaleras no pueden tener ninguna forma geométrica predefinida, así que giro el papel porque no todas las escaleras son verticales y descubro que he dibujado un edificio. ¿Se sostendrá según las leyes de la física? Porque ya estoy visualizando los volúmenes y el contenido. Algo poco práctico, como el arte. Con cafetería y librería, por supuesto. Que te dé tiempo a deambular, a saborear una buena taza de café y a soñarte imperecedero.


Dicen que los niños son curiosos, imaginativos y aventureros. También dicen que las matemáticas son aburridas y los domingos, días largos en los que arrepentirse de los pecados.

Pues yo, confieso, acabo de comprarme unos lápices Alpino, con goma y sacapuntas incluido, como si tuviese siete años y siguiese su mismo método de aprendizaje. Me he sacado de la biblioteca un volumen sobre “Arquitectos Contemporáneos” y estoy flipándolo con términos matemáticos como “asíntota”: línea recta que, prolongada al infinito, se acerca a una curva.

¿Ves cómo no soy la única que quiere agarrar el sol de febrero?

martes, 1 de febrero de 2011

Realismo 27.01

Me formo / Me deformo / Me conformo
Víctor Canicio

Llevo toda la vida oyendo que debería aprender a ser más pragmática.

R.A.E. Propensión a adaptarse a las condiciones reales

Mi madre me lo recuerda de vez en cuando y, en los debates familiares, aún me siguen llamando rara. Me preguntan: ¿cómo es posible que no hayas perdido la ingenuidad? ¿Tú, en qué clase de mundo vives?

Como si eso fuese un insulto y no una guarida.

Nunca les hice mucho caso y, en eso, sigo siendo tozuda. Puedo estar equivocada pero el pragmatismo no me sirve para nada. Sin entusiasmo es como me anulas. Sin entusiasmo y sin esos chisporroteos cerebrales en los que una idea se contagia y quiere corporizarse, ya estaría en otra parte.

Por eso me joden todos los intentos por hacerme ver la realidad, supuestamente, tal y como es. Por eso me joden tanto las frases tipo “esto es lo que hay y a quien no le guste que se vaya a la puta calle”.

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REALISMO 27.01: Dícese de una situación que no admite un movimiento milimétrico de más ni hacia delante, ni hacia atrás, hacia arriba o hacia abajo. Que te hace mirar alrededor con unos ojos que no son los tuyos, sin efectos de embellecimiento ni ralentización.

Dícese del propio efecto de apagar la música para evitar que el canturreo distraiga al pensamiento y oírle decir: “esto es lo que hay”.
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Que noooo… Si lo que hay no pasa de un simple efecto óptico… si lo que hay, es posible cambiarlo. No es lo que hay, es de lo que somos capaces. ¿A quién tratáis de convencer?

martes, 25 de enero de 2011

avistamiento

Hoy, a la salida del trabajo, cuando atravesaba el puente, he visto una enorme pelota flotando en el Guadiana. Era azul, como mi globo terráqueo pero, en vez de países, tenía dibujadas unas estrellas.

Llámame loca pero ha sido el APS - Azar Paralelo Sincronizado - el que la ha depositado allí para que la viera y entendiera que, por mucho que nos aprieten de un lado y del otro, por mucha presión que hagan, vamos a seguir navegando y teniendo avistamientos alucinantes.

lunes, 24 de enero de 2011

espejos

A veces, es cierto. El tiempo cumple su función y divide tu vida en vidas que no tienen porqué corresponderse.

Pero a la memoria le gusta recrearse y, cualquier detalle visto con perspectiva, te muestra algo que creías olvidado. Es entonces cuando una simple imagen se convierte en un viaje por ti, por vosotros, por lo que pasó antes y lo que vendría después.

Como este 2 de febrero de 2006, cuando Rosa Reis y yo deambulábamos por el Bairro Alto buscando qué forma darle a un reportaje para la revista Calle 20. Era mi primer texto “de viajes”, un intento creativo de supervivencia en una ciudad en la que mi cerebro se agotó.




Este paseo era la cuarta o quinta opción planteada. Apuré la fecha de entrega al límite porque me costó mucho encontrar el principio. Hasta que descubrí que para viajes, los cotidianos y empecé el reportaje como habíamos acabado muchas noches en ese mismo lugar. “Amanece en Lisboa. Tras la neblina del tabaco, surgen los destellos del Tajo en el Adamastor”. A los editores les encantó y yo nos sigo reconociendo en esas palabras.

Hoy, observando esta foto, sé que pudo haber sido de otra manera pero fue así, exactamente. Y que gané, a pesar de lo que perdí. Que siempre se trata de eso… si no... ¿a qué estamos jugando?

Eso me dice esta otra. Noviembre de 2007. Cefe rondaba por la mesa mientras Paco Carrillo nos hacía reír y eso que era su comida de despedida. Estábamos dejando atrás un verano tan difícil como intenso, tan exigente como mágico. Con el sabor de las primeras veces. Cuando mi cerebro se desató e inició un proceso que aún hoy me tiene entre fascinada, entretenida y harta. Cuando tuvo que digerir un dolor que todavía pellizca.




Hacía un mes que mi padre se había muerto. Y no salen pero yo las veo: Susana estaba a punto de cambiar de vida y no lo sabía. Carolina sería madre dos veces y Belén aparecería poco después en la fiesta. Y cada quien podría contar su historia de ganancias y pérdidas con detalle.

Me he encontrado por azar estas fotos cinco y cuatro años después, justo en un momento en el que soy incapaz de imaginar cuál será el siguiente paso. Por eso las dejo a salvo aquí, como piezas de un puzle que sólo cuando esté compuesto adquirirá su significado.

Ignoro qué sentiré cuando las observe muuuuchos años después, cualquier día como el de hoy, pero intuyo que me harán sonreír, me hablarán de caminos que no fueron fáciles pero que trazaron un argumento. Y seguro que me sugerirán palabras, personas, detalles y metáforas con las que viajar lejos, muy lejos.

lunes, 17 de enero de 2011

El piano

Pilar fue nuestra primera profesora de música en aquel conservatorio de pueblo improvisado en las salas vacías del centro médico. Cada día venía desde Orense para que la chiquillería aprendiéramos a dibujar la clave de sol, reconociéramos las notas en el pentagrama y no nos hiciéramos líos con los tonos y los semitonos.

Después vendrían las colas dentro de clase para poder tocar el piano. La espalda recta, las manos bien colocadas, descubrir que la derecha y la izquierda son capaces de pensar y ejecutar por su cuenta.

¿Cuántos años tenía? ¿Seis, siete? No lo recuerdo bien pero no he olvidado ni el león tallado en madera de aquel piano ni que fue Pilar quien nos enseñó un nuevo lenguaje.

Años más tarde, llegó Valencia. Aquella bruja que criticaba nuestro “nivel subterráneo”, la paciencia de Isabel, los mimos de Rosario en las clases particulares y la confianza de Miguel. Siempre Miguel Álvarez-Argudo, con su pelo cano, sus ansias de composiciones contemporáneas y sus preguntas filosóficas. Cómo las clases se alargaban un poquito más, cómo me hacía visualizar imágenes para que volase tocando y cómo intentó, una y otra vez, que superase el pánico escénico. Sin éxito.


Hasta que llegó el momento de elegir y me quedé con las palabras. Pero es curioso cómo algunas imágenes de la infancia y de la adolescencia se han quedado pegadas y vuelven a surgir cuando se remueven muchísimos años después.

Veo a Nelson, el doberman y un abrazo de primo; el 600 verde de la Adelaida. Observarme las manos y desearlas huesudas, de dedos largos. El camión que llega a Trives de madrugada con un piano. La emoción, el estudio y la disciplina. Los conciertos a cuatro manos en el hall del Palau de la Música, la gira por los pueblos, una cinta grabada. Leer la biografía de Chopin y reconocer que él sí supo hacer algo grande, muy grande, con su estancia en el mundo. Aquella canción tocada en El Corte Inglés que inspiró un regalo. Y saber que le debo a aquellos años, y al piano, la sensibilidad, la curiosidad y el gusto hacia otras artes.

A pesar del silencio, la música sigue estando muy cerca de mí. No sabría qué hacer sin ella. Ahora estoy inventando que hacer sin él porque el piano también es un ser vivo y el mío, por fin, ha decidido emprender viaje.