"Los argumentos a favor y en contra son los que componen la historia. O bien impones tus ideas o bien te las imponen. Nos guste o no, ésa es la disyuntiva. Siempre hay fuerzas enfrentadas y, por ello, a menos que se tenga un gusto desmesurado por la subordinación, uno siempre está en guerra"
Philip Roth
El animal moribundo
La razón se posa sobre la palma de una mano, mientras las distintas versiones de una misma historia no nos salvan de la realidad que somos hoy. De la que aspiramos a construir cada vez que giramos la llave, se hace de noche entre los ecos del destierro y del olvido, seguimos avanzando a tientas.
La razón se esconde en los plurales, en las aspiraciones, en las frustraciones, en la reconversión del pensamiento.
"Una razón o una lógica que lo explique todo de manera simple siempre será una trampa"
Haruki Murakami
Sputnik, mi amor
miércoles, 13 de febrero de 2008
viernes, 8 de febrero de 2008
No, diguem no
Con cierto alcalde socialista aprendí a los 21 años que es posible que no existan los molinos pero que, peor que eso, es quedarse callado. Agachar la cabeza. Acatar porque sí. Sólo porque tú lo digas. Anular por voluntad propia la capacidad de intervención. De acción. La coherencia.
Contra cierto cacique de signo socialista, aprendí que lo único que me mueve en el trabajo es participar en un proyecto común; un engranaje que funcione, no a la perfección, pero sí unido y al unísono. Que un trabajo debe durar lo que dure la pasión, la entrega, la convicción y el entusiasmo.
Lo aprendí la primera vez que trabajé, a la primera, ese juicio lo gané y, desde entonces, he seguido moviéndome por la misma idea. Incluso cuando la necesidad fue más acuciante, cuando la raíz obligó a lidiar con tratos déspotas y precarios, intenté ganarme ante todo el respeto como persona. La dignidad como profesional, compañera. No callándome. Defendiendo lo que creía. Tranquilizando. Mediando. Los cargos vienen después. Dar y exigir. En la misma medida. En equilibrio.
Hoy, cuando se tambalean los pilares que sostiene mi isla, vuelvo a decir no. No, no, no. Es demasiado pronto pero, sobre todo, no tiene justificación. Es injusto. Y si es injusto, ni comulgo ni obedezco. Conmigo no cuentes.
Contra cierto cacique de signo socialista, aprendí que lo único que me mueve en el trabajo es participar en un proyecto común; un engranaje que funcione, no a la perfección, pero sí unido y al unísono. Que un trabajo debe durar lo que dure la pasión, la entrega, la convicción y el entusiasmo.
Lo aprendí la primera vez que trabajé, a la primera, ese juicio lo gané y, desde entonces, he seguido moviéndome por la misma idea. Incluso cuando la necesidad fue más acuciante, cuando la raíz obligó a lidiar con tratos déspotas y precarios, intenté ganarme ante todo el respeto como persona. La dignidad como profesional, compañera. No callándome. Defendiendo lo que creía. Tranquilizando. Mediando. Los cargos vienen después. Dar y exigir. En la misma medida. En equilibrio.
Hoy, cuando se tambalean los pilares que sostiene mi isla, vuelvo a decir no. No, no, no. Es demasiado pronto pero, sobre todo, no tiene justificación. Es injusto. Y si es injusto, ni comulgo ni obedezco. Conmigo no cuentes.
martes, 5 de febrero de 2008
Mes y medio
Hay un perro, King, que vive en los suburbios, en el abrigo, y que es la voz del desarraigo. Por encima de todo, de la dignidad del que sobrevive. Las últimas páginas del libro de John Berger duermen mientras una mujer espera, otra decide, una tercera se queda y vagabundea por el salón de los pasos perdidos, pronuncia un nombre en ruso; usa tacón mitad flamenco, mitad zueco.
Hay sueños. Hay secretos. Hay besos azules. Hay un desfile de escritores -Faulkner, Dinesen, Roth y Céline- en cafés ruidosos y apresurados, como preludio o como intermedio. Hay planes de viajar a Tánger en ferry, festivales de cortos por internet; la certeza que, en algunas ocasiones, no es posible hacer nada. Ni negar la crueldad. Tan sólo callar y estar. Aunque sea incomunicada, sin luz, teléfono, ni internet.
A veces me parece que la realidad se divide en planos, que estoy viviendo en una isla sin interferencias, llena de pasillos y techos altos; aplazando la cita con el cerrajero y el banco; mirando el reflejo del gato en la puerta de cristal, su juego de luces y sombras a media mañana. Un abrazo y un remoloneo al despertar.
Vivo lejos, a veces demasiado lejos, de una realidad que todavía supura. Muy cerca de un tiempo que ya no existe y que pretendemos reconstruir con fotografías en blanco y negros, en cliché, apostaladas.
Pero me dejaré vivir aquí mientras me arrastre la emoción de seguir contando esta historia. Me dejo habitar en este torbellino o en este paréntesis, por mucho frío que haga, demasiada humedad. Por mucho que se anuncien nervios y gritos, nudos y dudas. Prisas. Muchas prisas.
De momento, me quedo en esta isla, con los recuerdos de otro carnaval, la pila de libros, algunos retazos de conversación. En esta casa de margaritas amarillas sobre el piano. De ropa apilada, con el óxido por resolver. Con Rodrigo Leão de fondo, Frank Sinatra, un poco más de Pedrito; los cojines en el suelo y el frigorífico lleno. Con una colección de corazones que laten a las cuatro semanas de vida.
lunes, 14 de enero de 2008
Tristeza
No recuerdo muy bien ni cuándo ni dónde. Si me dejo guiar por la orientación de los 101+19 poemas, quizás fuese en Sevilla, en la calle San Vicente, durante los inicios del verano del 2001, aunque quizás fuese antes y en otro lugar... Lo que sí sé es precisar porqué.
Porque ojalá me hubiese bastado así; porque, aún así, me sigue pareciendo uno de los poemas de amor más hermosos que se han escrito jamás. Porque, a través de él, le puse varios nombres a la esperanza, encontré la mejor explicación semántica posible (te llaman porvenir porque no vienes nunca), y algunas dolorosas certezas (... porque, en último extremo, uno tiene conciencia de la inutilidad de todas las palabras).
Después vinieron algunas músicas, algunos versos robados, otros libros, poesías compartidas por la mañana, muy tempranito (Yo sé que existo porque tú me imaginas. Soy alto porque tú me crees alto), y una de las mejores revistas que se han editado nunca. La compré dos veces y dos veces la regalé a esas personas que también han sentido la tristeza y la rabia por la muerte de Ángel González.
No es buena manera de empezar el día leyendo en el periódico que Ángel González se ha muerto de un fallo respiratorio, sabiendo que el pie que se prepara para dar el siguiente paso ya no podrá hacerlo más. Otra vez, esa tristeza. Esa niebla que te paraliza los huesos. Habrá que volver a hacer un esfuerzo para discernir los sin y los con, la esperanza y el convencimiento. Callar y hablar con su voz.
Esperanza,
araña negra del atardecer.
Te paras
no lejos de mi cuerpo
abandonado, andas
en torno a mí,
tejiendo, rápida,
inconsistentes hilos invisibles,
te acercas, obstinada,
y me acaricias casi con tu sombra
pesada
y leve a un tiempo.
Agazapada
bajo las piedras y las horas,
esperaste, paciente, la llegada
de esta tarde
en la que nada
es ya posible...
Mi corazón:
tu nido.
Muerde en él, esperanza.
Porque ojalá me hubiese bastado así; porque, aún así, me sigue pareciendo uno de los poemas de amor más hermosos que se han escrito jamás. Porque, a través de él, le puse varios nombres a la esperanza, encontré la mejor explicación semántica posible (te llaman porvenir porque no vienes nunca), y algunas dolorosas certezas (... porque, en último extremo, uno tiene conciencia de la inutilidad de todas las palabras).
Después vinieron algunas músicas, algunos versos robados, otros libros, poesías compartidas por la mañana, muy tempranito (Yo sé que existo porque tú me imaginas. Soy alto porque tú me crees alto), y una de las mejores revistas que se han editado nunca. La compré dos veces y dos veces la regalé a esas personas que también han sentido la tristeza y la rabia por la muerte de Ángel González.
No es buena manera de empezar el día leyendo en el periódico que Ángel González se ha muerto de un fallo respiratorio, sabiendo que el pie que se prepara para dar el siguiente paso ya no podrá hacerlo más. Otra vez, esa tristeza. Esa niebla que te paraliza los huesos. Habrá que volver a hacer un esfuerzo para discernir los sin y los con, la esperanza y el convencimiento. Callar y hablar con su voz.
Esperanza,
araña negra del atardecer.
Te paras
no lejos de mi cuerpo
abandonado, andas
en torno a mí,
tejiendo, rápida,
inconsistentes hilos invisibles,
te acercas, obstinada,
y me acaricias casi con tu sombra
pesada
y leve a un tiempo.
Agazapada
bajo las piedras y las horas,
esperaste, paciente, la llegada
de esta tarde
en la que nada
es ya posible...
Mi corazón:
tu nido.
Muerde en él, esperanza.
lunes, 31 de diciembre de 2007
No existe el infinito
No existe el infinito:
el infinito es la sorpresa de los límites.
Alguien constata su impotencia
y luego la prolonga más allá de la imagen, en la idea,
y nace el infinito.
El infinito es el dolor
de la razón que asalta nuestro cuerpo.
No existe el infinito, pero sí el instante:
abierto, atemporal, intenso, dilatado, sólido;
en él un gesto se hace eterno.
Un gesto es un trayecto y una trayectoria,
un estuario, un delta de cuerpos que confluyen,
más que trayecto un punto, un estallido,
un gesto no es inicio ni término de nada,
no hay voluntad en el gesto, sino impacto;
un gesto no se hace: acontece.
Y cuando algo acontece no hay escapatoria:
toda mirada tiene lugar en el destello,
toda voz es un signo, toda palabra forma
parte del mismo texto.
Chantal Maillard
el infinito es la sorpresa de los límites.
Alguien constata su impotencia
y luego la prolonga más allá de la imagen, en la idea,
y nace el infinito.
El infinito es el dolor
de la razón que asalta nuestro cuerpo.
No existe el infinito, pero sí el instante:
abierto, atemporal, intenso, dilatado, sólido;
en él un gesto se hace eterno.
Un gesto es un trayecto y una trayectoria,
un estuario, un delta de cuerpos que confluyen,
más que trayecto un punto, un estallido,
un gesto no es inicio ni término de nada,
no hay voluntad en el gesto, sino impacto;
un gesto no se hace: acontece.
Y cuando algo acontece no hay escapatoria:
toda mirada tiene lugar en el destello,
toda voz es un signo, toda palabra forma
parte del mismo texto.
Chantal Maillard
viernes, 21 de diciembre de 2007
La cosa empezó así
Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza.
Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una novela, una simple historia ficticia. Lo dice Littré, que nunca se equivoca.
Y, además, que todo el mundo puede hacer igual. Basta con cerrar los ojos.
Está del otro lado de la vida.
Viaje al fin de la noche
Louis-Ferdinand Céline
Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una novela, una simple historia ficticia. Lo dice Littré, que nunca se equivoca.
Y, además, que todo el mundo puede hacer igual. Basta con cerrar los ojos.
Está del otro lado de la vida.
Viaje al fin de la noche
Louis-Ferdinand Céline
viernes, 30 de noviembre de 2007
Fahrenheit 451
- (...) Ella no quería saber cómo se hacía algo, sino porqué. Esto puede resultar embarazoso. Se pregunta el porqué de una serie de cosas y se termina sintiéndose muy desdichado. Lo mejor que podía pasarle a la pobre chica era morirse.
- Sí, morirse.
- Afortunadamente, los casos extremos como ella no aparecen a menudo. Sabemos cómo eliminarlos en embrión. No se puede construir una casa sin clavos en la madera. Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno. O, mejor aún, no le des ninguno. Haz que olvide que existe una cosa llamada guerra. Si el Gobierno es poco eficiente, excesivamente intelectual o aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la gente se preocupe por ello. Tranquilidad, Montag. Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales del Estado, o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos "hechos" que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía. Cualquier hombre que pueda desmontar un mural de televisión y volver a armarlo luego, y, en la actualidad, la mayoría de los hombres pueden hacerlo, es más feliz que cualquier otro que trata de medir, calibrar y sopesar el Universo, que no puede ser medido ni sopesado sin que un hombre se sienta bestial y solitario. Lo sé, lo he intentado. ¡Al diablo con ello! Así pues, adelante con los clubs, las fiestas, los acróbatas y los prestidigitadores, los coches a reacción, las bicicletas helicópteros, el sexo y las drogas, más de todo lo que esté relacionado con reflejos automáticos. Si el drama es malo, si la película no dice nada, si la comedia carece de sentido, dame una inyección de teramina. Me parecerá que reacciono con la obra, cuando sólo se trata de una reacción táctil a las vibraciones. Pero no me importa. Prefiero un entretenimiento completo. (...)
Ver las cosas consumidas,
ver los objetos cambiados,
sobre su serpiente,
escupiendo petróleo
venenoso sobre el mundo.
En sus manos
la sinfonía de las llamas.
En sus manos
vive y habla el fuego.
Era estupendo quemar,
ver los objetos cambiar.
Era estupendo quemar,
verlos cambiar,
verlos volar.
Fahrenheit 451,
temperatura de creación,
no sólo el papel arde.
En sus manos
la sinfonía de las llamas.
En sus manos
vive y habla el fuego.
Era estupendo quemar,
ver los objetos cambiar.
Era estupendo quemar,
verlos cambiar,
verlos volar.
Fuego vivo,
fuego vivo,
fuego vivo,
fuego vivo...
Texto: Ray Bradbury
Foto: Juan Camilo Rincón - Flickr
Música: Lagartija Nick
Suscribirse a:
Entradas (Atom)