El abrigo. El pañuelo. Otra chaqueta. Un jersey de cuello alto. La camiseta. El sujetador, a veces. Las bragas. Los leotardos. Los pantalones. Calcetines. De vez en cuando, gorro y guantes. Dos grados bajo cero. Menos uno. Olvido que debajo está mi piel. Y que acariciar es el sexto sentido. ¿Ves?
Me gustan ciertos mecanismos de la curiosidad. El efecto que tienen algunos acordes y algunas voces cuando las escuchas por primera vez. Determinadas imágenes, y cómo las interpretas. A veces, mi curiosidad es voraz. Posesiva y expansiva, sin contradicción. Mi curiosidad necesita tiempo. Es caprichosa, lo sé. No le gustan los atajos, lo sabe, porque necesita sus espacios.
Yo no presto atención a que mi parte mundana tenga muy poco de Tierra en ella, que los años de amor hayan sido olvidados en el enojo de un minuto: no me lamento de que los solitarios sean más felices, cariño, que yo, pero sí de que tú te apenes por mi destino porque soy un transeúnte.
Hay un placer muy sencillo. Ojear la cartelera de un periódico, ver lo que 'hacen' en el Avenida de Sevilla y escoger una de las películas en versión original. Comprobar que la sala está llena, que la gente sabe comportarse con educación porque está disfrutando. Es un placer sencillo quedarse en los créditos, hasta el final. Salir sonriendo todavía, como en ‘Bienvenidos al Norte’. Con las vísceras del revés, como en ‘Gomorra’. Queriendo saber más, como en ‘Il Divo’. ¿Por qué en Extremadura no funcionan cines así, salvo las sedes de la Filmoteca y algunos festivales? Y hay quién se ríe de mi pequeño DVD portátil…
Cada vez que escucho los acordes iniciales del ‘Hoppípolla’ de Sigur Rós veo rostros de mujeres desconocidas que avanzan por la calle a cámara lenta y, entre ellas, la sonrisa de quien las concibió.
Pero también visualizo cómo florecen las amapolas en primavera, desde que los primeros tallos asomaron en la tierra meses atrás con el frío. No sé… Esa canción suena a principio. A un pájaro que está a punto de echar a volar y la imagen se ralentiza en el momento justo en el que despliega sus alas. A un niño que está naciendo. Esa canción, no sé muy bien porqué, suena a la diferencia exacta entre seis segundos demasiado breves y otros eternos.