miércoles, 24 de septiembre de 2008

Polska


Han pasado siete días y sólo entonces soy capaz de balbucear un simple gracias. Dziekuje. La sonoridad de la palabra se queda colgando en la memoria porque la revisora del tren Varsovia-Cracovia lo ha repetido siete veces, tantas como pasajeros; igual que el tak, tak, tak de una conversación telefónica o el na zdrowie que Chema me enseñó antes de partir. Pero nie. No entiendo nada de lo que se dice y así es difícil llegar a conocer algo en profundidad, traspasar la frontera del objetivo fotográfico.

Viajar, así, se reduce a impresiones (Varsovia huele a chocolate un sábado por la mañana), a vivencias compartidas (los madrugones, la risa en un cementerio de Kazimiers, el miedo en otro de madera, buscar al enano), decenas de imágenes. Así, las conclusiones son rápidas (Polonia codiciada, dividida, entregada) y surgen gran cantidad de preguntas (¿porqué la iglesia tiene tanto peso?).

Pero no importa. No me voy a mudar y algo sí he aprendido. Que Polonia tiene siete países vecinos y delimita con Eslovaquia por los Tatras. Que su nombre viene de polanos, “gente del campo”, y que a lo largo de su historia, ha sido un pastel a repartir con lituanos, rusos, prusianos, austriacos, alemanes, monarcas, comunistas, estadistas europeos y empresas. He aprendido que existió Katyn, un eje y un pacto; que la segunda universidad europea –la de Cracovia- nació por celos, que allí estudió Copérnico, el que “paró el Sol y movió la tierra” y que en su museo conservan el primer globo terráqueo en el que aparece todo el continente americano, cuando en las Antillas había una isla llamada Isabella y América del Norte colindaba con Madagascar.


Algo siempre se queda pegado a la piel, ya sea el corazón de Chopin conservado en alcohol, el sabor de los caramelos mamba o la mítica puntualidad de los transportes del Este, aunque sean viejos y estén oxidados. Impresiona el modo que tienen de relacionarse un coche y un peatón, cómo el gueto de Varsovia se está transformando en un barrio financiero, percibir el contraste generacional y la ausencia de clases. Impresiona tanta gente en las iglesias, tantas iglesias; deambular por los callejones de Cracovia, entrar en cada uno de ellos como si abrieras un regalo… ¿con qué me vas a sorprender ahora?; descubrir un barrio dentro de una plaza en Wroclaw, como si se tratase de muñecas rusas.

No importa porque, aunque no puedas comunicarte del todo bien, a veces en tu propia lengua tampoco eres capaz y hay algo común en el modo de entender la naturaleza, la belleza, el dolor. Si ves a una anciana mochilera en Zakopane, subiendo el Dolina Bialego con más entereza y fuelle que tú, no necesitas más palabras. Las esculturas humanas de Magdalena Abakanowicz, los fotomontajes de Janina Zemojtel, el encanto de las galerías en Wroclaw o nuestro café de pupitres en Cracovia tampoco precisan grandes explicaciones. Y un agujero de bala es un agujero de bala aquí y en Singapur. En un muro y en una cabeza.


No me engaño. Viajar así es aproximarse. Crees que descubres algo ajeno cuando, en realidad, estás mirando desde dentro. Juegas a escapar de lo cotidiano y eso sí se ha quedado grabado en la piel y en los músculos de la espalda. Construyes escenas de la vida polaca en plazoletas, mirando los rostros de los que pasan en tranvía y en el mercado. Captas formas, fondos, observas, te dejas ir y las preguntas que se formulan ya las irás contestando. Sin prisa.

1 comentario:

Isabel Sira dijo...

Viajar es la mejor cosa del mundo. Y me encanta cómo lo cuentas.